Félix J. Palma

Juego de palabras

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Volviéndome bueno

 

Tras acabar mi última novela me he regalado el visionado de las cinco temporadas completas de Breaking Bad, la serie de moda. Hay algo excitante, diríase contra natura, en darse un atracón casi ininterrumpido con una serie cuyos capítulos se emitieron antes semanalmente. Te sientes poderoso, como si pudieras doblar el tiempo a tu antojo, haciendo un alto solo cuando te lo exige la fatiga mental o el entumecimento de los miembros. Ya no tienes que morderte las uñas mientras se rueda la siguiente temporada, ni exprimirte el cerebro para recordar los detalles olvidados. No, ya no tienes que hacer nada de eso. Si algo de bueno tiene no haber visto Breaking Bad cuando se estaba emitiendo y todo el mundo hablaba de ella, es sin duda la borrachera de emociones que provoca verla de un tirón. Y como no podía ser de otro modo, la he disfrutado como un enano. Pero sobre todo creo que he recibido una lección.

 

Cualquiera que busque artículos y reseñas en Internet sobre Breaking Bad encontrará montones de alabanzas, pues de esta serie, como del cerdo, se celebra todo: la magistral evolución de sus personajes -desde la lenta pero inevitable metamorfosis de Walter White en Heisenberg hasta el vía crucis fisicomental de Jessy-, los encuadres innovadores de las escenas, las set piece iniciales -impagable el narcocorrido-, las carambolas y situaciones extremas del guión, los empáticos paisajes de Alburquerque, incluso los colores de la ropa de los actores o la música escogida, como la canción Baby Blue de Badfinger que suena en la escena final, pervirtiendo su significado. Al contrario que muchas series que se agotan en sus primeras temporadas y luego empiezan a dar tumbos de un lado a otro, como desgraciadamente es el caso de la tercera temporada de Homeland -por no hablar de la malograda Heroes o la improvisada Lost-, Breaking Bad conocía su destino. Vince Gilligan -a quien tras este tour de force hay que colocar en el mismo podium que Steven Moffat, el creador del Sherlock de la BBC-  sabía dónde quería ir desde el principio, sabía hasta dónde podía malear a sus personajes, sabía cómo administrar la historia que había construido en su cabeza. Y lo hizo con mano maestra, con un ritmo cadencioso y milimétrico, haciendo que cada detalle reverberase en los capítulos siguientes, tejiendo una red de sutilezas alrededor del arco argumental como quien fabrica un hechizo. Un trabajo para quitarse el sombrero, o para ponerse el de Heisenberg, pues sin duda Gilligan nos ha regalado una de las mejores series que ha emitido la televisión en décadas.

 

Breakingbad 2-

 

Pero de sus infinitas bondades, a mí lo que más me ha gustado ha sido el modo en que Breaking Bad ha exprimido sus escenas, un verdadero taller sobre cómo escribir ficción, sobre cómo construir y hacer derivar a los personajes. Gilligan sabe lo que quiere contar, sabe en cada momento en qué tipo de escena debe desembocar la narración, pero en vez de ir directamente al grano, oh, maravilla, se recrea, hace florituras en el área antes de tirar a puerta, envuelve el núcleo dramático entre capas de comedia o absurdo. Gilligan nos enseña a no tener prisa, a sacarle todo el jugo a cada situación, a verla desde todos los ángulos posibles, o lo que es lo mismo, con los ojos de todos los personajes implicados en la escena. En fin, creo que mientras veía la serie y el gran Walter White iba volviéndose malo capítulo a capítulo, yo me iba volviendo mejor escritor. O eso espero. 

 

Félix J. Palma

 

 

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